No sé si a vos te pasa, pero hace poco me di cuenta de que estoy escribiendo cada vez peor. No hablo de las ideas, sino de cosas mucho más básicas: la puntuación, el tipeo, alguna palabra mal escrita, frases que dejo a medio acomodar porque estoy apurada.
Me di cuenta de que cambié mi manera de escribir desde que tengo herramientas de IA integradas en el trabajo. Uso Google Workspace y muchas veces escribo rápido porque sé que después puedo apretar “Pulir” y, en segundos, el texto queda prolijo. Lo mismo me pasa cuando escribo en inglés: avanzo sin detenerme demasiado porque sé que después una herramienta puede corregir, ordenar o mejorar lo que escribí.
En principio, eso suena fantástico. Ahorro tiempo y el resultado final es mejor. Pero un día me hice una pregunta bastante incómoda: ¿la IA me está ayudando a escribir mejor o simplemente está haciendo que el texto final se vea mejor?
No es lo mismo. Y cuanto más lo pensé, más me pareció que la pregunta no era solamente sobre escritura. Es una pregunta sobre cómo estamos incorporando IA al trabajo y sobre qué habilidades queremos seguir ejercitando aunque una herramienta pueda hacer una parte por nosotros.
Cuando “total después lo arreglo” cambia la forma en que trabajás
Antes, si escribía una palabra mal, la corregía. Si una oración quedaba rara, probablemente la acomodaba antes de seguir. Ahora muchas veces pienso: total después lo pulo. Es un cambio mínimo, pero interesante, porque la herramienta ya no solamente interviene al final del proceso: empieza a modificar cómo trabajo antes de usarla.
Eso no significa que corregir un typo sea una experiencia de aprendizaje que debamos preservar a toda costa. Hay fricción que realmente no aporta demasiado. Si una herramienta puede detectar una repetición, mejorar una coma o corregir un error de tipeo en segundos, perfecto.
El problema aparece cuando esa lógica empieza a expandirse. Primero dejamos de cuidar la puntuación porque la IA la corrige. Después dejamos una frase a medio pensar porque la IA puede ordenarla. Más adelante quizás ya no escribimos un primer borrador, sino que le damos contexto a la herramienta y esperamos que produzca el mensaje entero.
En ese punto la pregunta deja de ser “¿me ahorra tiempo?” y pasa a ser otra: ¿qué parte del trabajo estoy delegando exactamente?
Microsoft encontró en un experimento de campo con miles de trabajadores que el acceso a herramientas de IA generativa integradas en aplicaciones de trabajo redujo el tiempo dedicado al email y aceleró moderadamente la creación de documentos. La eficiencia existe y sería absurdo negarla.
Pero hay otra dimensión menos visible. Un estudio de Microsoft Research presentado en CHI 2025 analizó 936 ejemplos reales de uso de IA aportados por 319 trabajadores del conocimiento. Encontró que una mayor confianza en la IA estaba asociada con menos pensamiento crítico reportado, mientras que una mayor confianza en las propias capacidades se asociaba con más pensamiento crítico.
Eso no prueba que usar IA vaya a deteriorar nuestra ortografía, nuestra gramática o nuestra capacidad de escribir en el largo plazo. No tenemos evidencia suficiente para afirmarlo. Pero sí nos da una pista útil: cuando confiamos mucho en que la herramienta va a resolver bien una tarea, es más fácil bajar la guardia y dedicar menos esfuerzo a revisarla.
Y eso también puede pasar con algo tan cotidiano como escribir un email.
No todo lo que delegamos tiene el mismo costo
Para mí, una distinción bastante útil es separar forma de pensamiento.
Hay muchas cosas que delego sin demasiado conflicto: corregir errores, detectar repeticiones, reducir un texto demasiado largo, transformar notas en una primera estructura, revisar si una frase puede ser más clara, adaptar un texto para otra audiencia o traducir una versión que yo entiendo y puedo revisar. En todos esos casos, la IA funciona como una editora. Yo sigo definiendo qué quiero decir y puedo evaluar si el resultado representa lo que pienso.
El problema empieza cuando el proceso se invierte: primero la IA decide qué decir y después yo simplemente apruebo porque “suena bien”. Una frase puede ser impecable y no representar mi pensamiento. Un email puede sonar empático y no hacerse cargo de nada. Una propuesta puede parecer muy profesional y tener un argumento flojo.
La calidad de la redacción puede esconder la debilidad del razonamiento.
Por eso me sirve pensar en tres niveles de delegación. El primero es corrección: yo escribo y la herramienta mejora ortografía, gramática, puntuación o detalles de estilo. El segundo es edición: yo defino las ideas y produzco una primera versión; la IA reorganiza, simplifica o me muestra alternativas. El tercero es autoría delegada: le doy contexto y directamente le pido que escriba el mensaje completo.
Los tres pueden ser útiles. Lo importante es no tratarlos como si fueran lo mismo.
Cuanto más cerca estoy de la autoría delegada, más necesito revisar si la herramienta está haciendo solamente una tarea de redacción o si también está tomando decisiones que deberían ser mías.
Hay mensajes donde escribir forma parte de pensar
Esto se vuelve especialmente importante en comunicaciones sensibles. Un feedback, una disculpa, un conflicto, una conversación salarial, un mensaje sobre desempeño o una comunicación después de un error propio no son solamente “textos que hay que redactar”. Escribirlos forma parte de procesar qué pasó, qué responsabilidad asumimos, qué queremos pedir y qué conversación necesitamos tener.
Si frente a una situación así abrimos una herramienta y escribimos “redactame un mensaje profesional y empático”, podemos obtener un texto impecable antes de haber hecho ese trabajo nosotros.
Y ahí aparece una paradoja: la IA nos ayuda a sonar más claros en un momento en el que todavía no tenemos del todo claro qué queremos decir.
Eso conecta con algo que ya trabajé en IA y feedback: cómo preparar una conversación sin delegar tu criterio. La IA puede ser excelente para prepararnos: puede ayudarnos a separar hechos de interpretaciones, detectar supuestos, mostrar otras perspectivas o anticipar preguntas. Todo eso expande el pensamiento.
Es distinto de pedirle que decida por nosotros cuál debería ser nuestra posición.
Por ejemplo, frente a una conversación difícil puedo pedirle: “Separá en este texto hechos de interpretaciones”, “¿Qué podría estar suponiendo sin evidencia?” o “Dame tres posibles lecturas diferentes de esta situación”. En esos casos la herramienta no me está reemplazando: me está obligando a mirar mejor el problema.
Para mí, ese es uno de los usos más interesantes de la IA: pensar con la herramienta sin usarla para evitar pensar.
El riesgo no es olvidarnos dónde va una coma
Cuando noté que estaba escribiendo peor, mi primera preocupación fue bastante superficial: ¿voy a dejar de prestar atención a la ortografía? Puede pasar que practiquemos menos algunas cosas, pero creo que el punto más importante está un nivel más arriba.
La escritura no sirve solamente para comunicar una idea que ya tenemos perfectamente formada. Muchas veces escribir es parte de formar la idea. Descubrimos que algo no está claro porque no podemos explicarlo claramente. Nos damos cuenta de que falta evidencia porque una oración no termina de sostenerse. Encontramos una contradicción mientras tratamos de ordenar un párrafo. Reescribimos una frase y, al hacerlo, cambiamos nuestra forma de entender el problema.
Si siempre saltamos directamente de “tengo una idea más o menos” a “dame una versión impecable”, podemos perder parte de ese proceso intermedio.
La investigación de Microsoft sobre pensamiento crítico y GenAI habla justamente de un desplazamiento del esfuerzo cognitivo: con IA, parte del trabajo pasa de producir directamente a verificar, integrar y supervisar resultados. Eso no es necesariamente malo. Pero significa que necesitamos desarrollar muy bien esa nueva capacidad de supervisión.
Porque si dejamos de producir y tampoco aprendemos a evaluar, terminamos en el peor punto posible: delegamos más y revisamos menos.
Cómo usar IA para escribir sin desaparecer del proceso
No quiero volver a escribir todos mis emails sin asistencia para demostrar que todavía puedo hacerlo. Eso sería confundir esfuerzo con valor. Sí quiero evitar que la comodidad me lleve a desaparecer del proceso.
Una forma muy simple es cambiar el orden. En vez de empezar siempre con “escribime esto”, puedo empezar escribiendo yo y pedir después que la IA critique, ordene o mejore. También puedo pedirle que no reescriba todavía: “marcame los tres principales problemas de claridad”, “señalame los errores pero dejame corregirlos a mí” o “haceme preguntas antes de proponer una versión”.
Para textos importantes, uso además un pequeño chequeo antes de enviar:
- ¿Podría explicar por qué este mensaje dice lo que dice?
- ¿Hay alguna frase que yo nunca usaría?
- ¿La herramienta cambió el sentido de alguna idea?
- ¿Revisé hechos, nombres, cifras y compromisos?
- ¿Estoy de acuerdo con el tono o simplemente “suena profesional”?
- ¿Podría sostener este mensaje en una conversación cara a cara?
- ¿La IA mejoró lo que yo pensé o terminó pensando en mi lugar?
Y ahora agregué una pregunta más, a partir de mi propio descubrimiento: ¿estoy dejando de cuidar cosas que antes sabía hacer porque asumo que la IA las va a resolver después?
Si la respuesta empieza a ser sí demasiado seguido, probablemente convenga recuperar un poco de fricción. No toda fricción es mala. Algunas cosas llevan tiempo porque, justamente, nos obligan a prestar atención.
La nueva habilidad no es escribir sin IA
Creo que “escribir bien” va a significar algo un poco diferente en un entorno donde casi todos tenemos acceso a herramientas capaces de corregir, reescribir y producir textos completos.
Ya no se trata solamente de producir cada palabra desde cero. También necesitamos saber qué queremos comunicar, qué conviene delegar, qué tenemos que revisar, cuándo una versión prolija esconde una idea mediocre, cuándo la voz dejó de ser nuestra y cuándo la eficiencia empieza a reemplazar una habilidad que todavía queremos conservar.
La IA puede mejorar muchísimo nuestra comunicación. A mí me la mejora todos los días. Pero un resultado mejor no garantiza automáticamente que nosotros estemos mejorando al mismo ritmo.
Esa diferencia vale la pena observarla.
Si querés llevar este criterio más allá de la escritura, en IA como coworker: cómo delegar tareas sin perder control desarrollo un marco más amplio para decidir qué tareas conviene entregar a la IA, cuánto supervisar y qué responsabilidad sigue siendo humana.
Fuentes
- Microsoft Research, Shifting Work Patterns with Generative AI, 2025
- Microsoft Research, The Impact of Generative AI on Critical Thinking, CHI 2025
Nos leemos,
Ceci Mansilla